La comparsa de los zombis

por José Hugo Fernández

Imposible pasar por alto la reedición de una de las mejores novelas escritas en Cuba en los últimos tiempos, El carnaval y los muertos, de Ernesto Santana, distinguida con el Premio Novelas de Gaveta Franz Kafka, 2010, que otorga People in Ned, de la República Checa. Es este un valioso aporte a la divulgación de nuestra cultura underground, uno más entre los muchos que debemos agradecer a la editorial miamense Neo Club Ediciones, ya que ocho años después de su primera publicación -auspiciada por los patrocinadores del premio-, el libro apenas ha sido leído dentro de la Isla, pues hasta los escasos ejemplares que le enviaron al autor terminarían requisados en la aduana.

Claro que no fue una acción gratuita por parte de los sensores, porque El carnaval y los muertos podría resultar particularmente alumbrador para el lector habanero. No en balde advirtió Phillip K. Dick, aquel loco tan lúcido, que el verdadero protagonista de todas las novelas es siempre una idea. Y en esta novela de Santana, más que un personaje principal, y más que La Habana como telón de fondo, destaca una idea, contenida en la representación de los habaneros como zombis a los que un arrasador drama histórico (llamémosle así) les ha incapacitado para interrelacionarse, para confiar unos en los otros y para prodigarse en el afecto espontáneo. De modo que sobreviven tan vinculados como hostiles entre sí, presas de un resquemor condicionado por las circunstancias que les vinculan.

Si nos atenemos al tópico, la novela cuenta la historia de un habanero, veterano combatiente en Angola, que está enfermo con SIDA y que resuelve fugarse del sanatorio-prisión donde lo han recluido, para ir a pedirle perdón a un amigo. Pero por lo menos a mí no me parece que este personaje sea el eje central del relato, sino una especie de coartada, útil para cristalizar sus ingeniosas esencias, destinadas realmente a la exposición de la incapacidad para comunicarse que sufren todos los que transitan por la trama.

No menos antihéroe que Gregorio Samsa (y conste que tampoco es gratuita la alusión a Kafka), este infeliz guerrero de Santana parece empeñado en demostrarnos que entre los habaneros de nuestros días la comunicación no es sino mera apariencia, espejismo, disimulado a duras penas por los estereotipos al uso, el de la alegría y la superficial cordialidad carnavalesca entre ellos. Incluso el propio carnaval no pasa de ser una sutil máscara en el título. Cuando buscamos su peso específico dentro de la trama, nos damos cuenta de que apenas representa un pliegue sombrío de la realidad referida anteriormente.

El carnaval es lo que pasa allá afuera, allá abajo, pues la primera línea narrativa de El carnaval y los muertos transcurre casi todo el tiempo en un apartamento, en altos, de un edificio situado frente al Malecón. Y en esa dicotomía, presencia-ausencia del intercambio entre la gente, se entretejen las distintas capas que envuelven la semilla del relato.

La muerte, por su lado, no se presenta como fin o dramático destino, sino como una suerte de desiderátum ante el bochornoso vacío y la sin razón de la existencia. Es lo que menos importa, diríamos. O no tanto como el riesgo que implica para los personajes conocerse e interconectarse cabalmente. Por ello prefieren espiarse, o intuirse, en el mejor de los casos. Los verdaderos muertos parecen ser los vivos en El carnaval y los muertos.

Para redondear la singularidad de su obra, Santana tuvo a bien valerse de un estilo donde se consustancian –rara pero afortunadamente- lirismo y crudeza, transpiración popular y lenguaje cultivado, formas convencionales de narrar y hallazgos de alto vuelo poético.

Es lo dicho, la reedición de esta novela conforma un suceso que no sólo es gratificación muy merecida para el autor. También es un acto de justicia para con los lectores cubanos de todas las orillas. Y representa el saldo de una deuda con nuestra cultura nacional.

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