Cuentos eróticos… ¿o erróticos?

por Waldo González López

Publicada por las editoriales Palabra Abierta, de Manuel Gayol, y Neo Club Ediciones, de Armando Añel, la nueva selección Cuentos erróticos  es plausible, como veremos [o leeremos] enseguida.

Cierto, desde el título de la selección (que no compilación, tal definen sus selectores, y tampoco compiladores Ismael Sambra y Manuel Gayol) es acertada la nueva publicación presentada el pasado diciembre en dos eventos realizados en Miami: el Festival Vista de la Literatura y el Arte Cubanos del Exilio, creado y dirigido desde años atrás por Armando Añel e Idabell Rosales, y en mi Tertulia mensual El Pen Club en Art Emporium Gallery, que inicié en enero del 2018.

Escribo con interrogación erróticos por destacar el neologismo utilizado por los poetas, narradores, ensayistas y periodistas cubanos Ismael Sambra y Manuel Gayol, con los que estoy de acuerdo en tanto el nuevo término creado y empleado por ellos en su convincente prólogo «Apuntes para una definición del cuento errótico» bien se aviene con el novedoso concepto establecido por ambos.

De tal suerte, los selectores realizan un sintético bojeo por la historia del tema (y el cuento) eróticos en la literatura universal, surgidos en Grecia, Egipto, Arabia y la India; mas, ponen ahínco en diferenciar erotismo (recreación, poesía, tropo, interpretación del momento sexual…) y pornografía (obscenidad, impudicia, escabrosidad…).

Asimismo, distinguen aspectos esenciales: el erotismo, como igualmente se sabe, es una voz griega llegada de Eros, el dios del amor: aquí está el quid, la esencial diferencia de ambos términos, pues mientras el erotismo entraña el enamoramiento, el afán de compartir momentos y, quizás, la futura convivencia en familia, la pornografía es solo sexo al desnudo, sin amor ni interés de otro tipo por la otra o el otro, quien suele ser una persona solo conocida, en la que apenas se busca un momento de sexo, y solo eso.

A seguidas, los selectores explican el porqué de su interés y opción por los nuevos concepto y término, mediante los cuales «el sexo no aparece como asunto principal de la obra, sino como un pretexto para llegar a otros asuntos implicados y relacionados con este e insertados en la complejidad del individuo y la sociedad. A esto llamamos cuento errótico (así, con “rr”)».

De aquí, pasan a definir lo que a su juicio es un cuento errótico con sus peculiares atributos, que son: El sexo no debe ser tema central, El cuento errótico nunca es pornografía, El sexo no se presenta en forma deliberada y El cuento errótico puede ser también resultado de lo antierótico.

Ya casi al final de su prólogo, precisan que su propuesta no es una antología, por lo que prefieren denominarla compilación. En mi Tertulia dedicada a ambos colegamigos, con motivo de su visita a Miami, ante ellos, yo preferí denominarla selección, pues de acuerdo con mi praxis en este tipo de selecciones de textos poéticos (décimas y versos libres), si bien ellos solicitaron cuentos a diversos autores de no pocos ámbitos, no aceptaron todos los textos enviados, sino que, tras su selección, en algunos casos pidieron su reescritura y, en otros, los rechazaron, pues en su convocatoria habían precisado las condiciones que debían cumplir.

En su selección de solo veintinueve relatos, abundan los autores cubanos, y no me asombra, ya que no pocas colecciones de cuento y poesía, como ensayos sobre el tema, se publicaron desde finales del siglo pasado e inicios de este en Cuba, entre ellos la primera selección y prólogo de décima erótica que vio la luz en la Isla, realizada por quien escribe: Que caí bajo la noche. Panorama de la décima erótica cubana (Ediciones Ávila, 2004).

En la presente selección, sin duda de valía, este poeta y crítico resalta varios títulos.

«Último tango en La Habana», de Ingrid Brioso-Rieumont, por su lograda prosa de sugerente poesía, como la ambientación capitalina donde aparece un proyecto artístico devenido símbolo del robo cotidiano que acontece en la Isla (las gafas de la estatua de John Lennon, realizada por el escultor José Villa) y, sobre todo, la mixtura ambivalente de la protagonista, quien narra en primera persona sus avatares eróticos-bisexuales con el extranjero Paul y su amiga Susana, ofreciendo al paso un breve pero sustancial panorama de La Habana actual, cuando, a pesar de la encrucijada comunista que coarta la libertad, los jóvenes, a su modo y en contra de todas las restricciones, deciden su voluntad de libertad y placer.

Del narrador y periodista Armando Añel es «Al calor de las mujeres largas» [incluido en la compilación Cuentos de camino], cuya trama acontece en una buhardilla de Madrid, bajo un aire posmoderno, con juegos de palabras incluidos, una manera o estilo igualmente presente en su novela Erótica y otros libros del autor. De tal forma, el cuento se conforma con minitextos que van rearmando el relato con leve humor, todo bajo una impronta que, entre explicativa y conformadora, parece ir recontando, una y otra vez, ampliándola, la trama viajera, pues también pasa por Estocolmo en el sueño/realidad del narrador. Se trata de un valioso momento en el volumen.

Mucho me satisface la entrada de Maritza Vega Ortiz en el libro, pues sugerí su nombre a mis colegamigos. Y me complace haberlo hecho, pues desde años atrás conozco a la autora, quien también poeta, por ello, tanto en la Isla como en Miami, la he estimulado por su talento. De hecho, «Lugares inhóspitos» resulta un texto imaginativo y conciso, en el que Maritza rememora, con acertado lenguaje, imaginación y lirismo, las vicisitudes de la protagonista, Vanessa Sánchez, evocando su praxis primero romántica y luego erótica con Ámel, su novio desde la infancia, quien la ha conducido con su insaciable avidez por los más audaces caminos de la lujuria y la lascivia, por los que trasegara, ciega de amor… hasta descubrírsele el VIH. El final es bien elocuente: Vanessa no quiere mostrarse ante Ámel sin belleza, luz ni vida y, ya desesperada —subraya—: «me adentro y reto el oleaje» y, como una nueva Alfonsina Storni, se sumerge en el muy cercano mar en pos del anhelado suicidio.

La conocida impronta simbólica de Manuel Gayol está presente en su relato «El ojo diplomático», por el que anda y desanda los ámbitos del surrealismo con su hálito ¿acaso surgido del desborde ante la imago lezamiana?  Incluido en La noche del Gran Godo —su libro de cuentos laureado en La Habana de 1992 con el Premio Uneac y publicado en Miami por Neo Club Ediciones en 2011—, «El ojo diplomático» no solo evidencia su vocación surreal; además, atisbo en su narrativa la huella de la personal fabulación del hoy casi olvidado narrador mexicano Juan José Arreola y, sin embargo, recordado por dos títulos esenciales en la narrativa latinoamericana: Confabulario y Bestiario —libros que este comentarista descubriera en plena adolescencia, a inicios de los ‘60s, recién instaurada la mal llamada «Revolución»—, y cuya impronta de algún modo se emparienta con la cuentística cortazariana. Y, lo más importante: una tácita muestra de narrativa errótica.

«De dónde viene ella» —incluido en su volumen Cuerpo a cuerpo (Neo Club Ediciones, 2016)— refleja el micromundo estudiantil de jóvenes provincianos, en especial, guantanameros, como la autora: Rebeca Ulloa, quien se vale de rasgos posmodernos (alusiones a versos de Martí: «él quiere saber todo acerca de la señora» y Miguel Matamoros: «de dónde son los cantantes», que funciona como leit-motiv) para armar su relato breve y sugerente que, en pocas cuartillas, convence por su austeridad y sugerente erotismo. Sin duda, se trata de un sugestivo relato.

De Lilo Vilaplana se incluye su conocido cuento «La casa vacía» —extraído de su volumen La muerte del gato y otros cuentos, además de ser el guion homónimo del laureado cortometraje del director y productor cinematográfico y teatral—, que es, sin duda, el relato de mayor carga política en el volumen, pues aborda hechos reales de la terrible realidad del inframundo cubano, como la delación, el hambre, el alcoholismo, la desesperanza, la depravación y el suicidio, entre otros males que asolan, desde seis décadas atrás, a nuestra paupérrima patria, pisoteada por el castrismo. Mas, por su profundo realismo, el relato se me antoja deudor del movimiento neorrealista del cine italiano, cuyos filmes clásicos: Roma, città aperta (Roberto Rossellini, 1945); Ladri di bicicletti (Vittorio De Sica, 1948) y La terra trema (Luchino Visconti, 1947), dejaron su impronta en la literatura italiana.

«Magnolia en la eternidad» es la propuesta del narrador Néstor Leliebre Camué, quien en esta pieza narra con su personal realismo mágico las lides amorosas del erótico profesor de Anatomía Leopoldo Yanes, que, frisando el medio siglo, casado con Aciolinda y padre de dos niñas de ocho y nueve años, ha seducido a Elizabeth y, calladamente, a Magnolia, de apenas 20 años, que lo ama y cela en silencio, porque ha de casarse con «un corazón de almendra, una masa de pan»: su prometido Leocadio… Otro cuento que enriquece la selección.

De Ismael Sambra es el inapreciable relato «La fractura del espejo» —incluido en su libro Vivir lo soñado (Cuentos breves), Editorial Betania, 2002—, en el que, valiéndose del humor negro, entrega otra invaluable muestra de narrativa errótica, pues tras ofrecer una pista disfrutable por su goce y lubricidad, al lector asombrará el atinado empleo de un gustado recurso del cuento clásico: el final sorpresivo, inesperado, con lo que el autor corrobora su talla de narrador de fondo —parafraseando la galardonada cinta La soledad del corredor de fondo (The Loneliness of the Long Distance Runner, 1962) del realizador inglés Tony Richardson, quien aliado al movimiento de los angry young men, se uniría al narrador Alan Sillitoe, de cuyo primer cuento de su homónimo volumen, crearía el excelente guion del filme.

Escritor, cineasta, guionista, pedagogo y gestor cultural, el dominicano Leo Silverio es el autor de «Sacrificio materno», relato convincente por su particular poética, y disfrutable por su lenguaje deudor del realismo mágico y su inesperado humor, como por la utilización del monólogo interior. El protagonista narra en primera persona sus avatares con su madre y su vida ahora complicada, tras la fuga de su padre como polizón a Miami y el desvío del avión a Alemania. Como el joven debe ayudar a su madre, esta le consigue algunos trabajos de poca monta para sobrevivir a la magra economía familiar, provocada por la huida paterna. Así, conoce a Mercedes, una atractiva señora de ojos verdes, cuya hija, «hermosa como el universo», sobrevive como un vegetal, pues es tetrapléjica. Mercedes le pide a nuestro héroe su urgente ayuda: que él, tan virgen como su hija de 21 años, le haga el amor a la chica, pero le ruega que lo piense, no sin antes exigirle que no cuente a nadie su petición. El monólogo interior del muchacho funciona con acierto, pues va «contando» su discurrir ante la inesperada circunstancia que cumple con placer la propia madre, y no la hija, en escenas que, no por breves, resultan menos ardientes.

El también poeta, dramaturgo y periodista mexicano Gerardo Cárdenas ofrece otra lograda muestra de cuento errótico en «Suéter verde, falda plisada», cuyo narrador omnisciente es un «rescabuchador», según se denomina este espécimen (muy parecido al que conocería este crítico durante sus estudios de preuniversitario en la oriental ciudad de Holguín: cada lunes temprano en la mañana, una hermosa chica viajaba rumbo a la Ciudad de los Parques en un ómnibus donde, más que disfrutar con el repetido paisaje, se refocilaba con un muchacho que se sentaba junto a ella y la masturbaba, creyendo que nadie los veía… aunque sin duda algunos envidiábamos su voluptuosidad). Como en este caso, en el texto de Cárdenas, la arriesgada acción del rescabuchador en este otro ómnibus con destino a Ciudad México, es aprobada de buena gana por la «víctima», quien  jamás habla con el «atacante» y, como en el ejemplo holguinero, la chica acepta de buena gana el goce sexual en mutua concupiscencia, sin preocuparle demasiado que los pasajeros del autobús puedan percatarse del mutuo goce. He aquí, pues, un buen ejemplo de errotismo.

«Mitomanía», del también mexicano Francisco Laguna Correa —cuyo libro de microrrelatos Finales felices (1912) obtuviera el Premio Literario de la Academia Norteamericana de la Lengua (ANLE), del que yo publicara un análisis en la revista de esta prestigiosa institución, y que incluyo en el presente volumen de ensayos y artículos críticos—, es un relato muy atendible del también poeta y profesor universitario, por sus virtudes, entre las que destaca el delicioso humor que permea el texto. Narrado desde la perspectiva femenina, la protagonista cuenta con delicioso desparpajo cómo perdió la virginidad con Ulises, pues «era el chico menos feo que conocía y para recibir el nuevo milenio con una novedad, aunque la verdad la pérdida de mi virginidad no significó nada ni alteró mi vida de ninguna manera (esta es mi primera gran mentira)».

Y enseguida añade que «con el tiempo he llegado a creer que eso del multiorgasmo femenino es más bien un pretexto para intentar llevarnos a la cama cada vez que se les antoje (a los hombres). El principio natural justifica la perrería». Mas, algo después se entera que Ulises es homosexual, lo que no le impide «renunciar a fornicar como Dios manda en un futuro no muy lejano». No obstante, también ella se descubrirá homosexual gracias a una española (Carmela), de la que no tenía «ni idea de que […] era lesbiana [ni de que] yo misma también lo era [y] este detalle (o conversión, como quieran llamarlo) fue lo que me alentó a caer rendida sobre su sugestiva proposición». Por fin, tras otras peripecias que acontecen en la cena familiar de Año Nuevo, dignas de mi admirado Sigmund Freud, como de un filme del mejor humor, confiesa la audaz intérprete: «Terminaré diciendo que hay una luz interior en cada uno de nosotros, una luz cuya capacidad autodestructiva termina por llevarnos hacia la más cegadora oscuridad. Quizá la realidad no es más que el reflejo de esa oscuridad.»

Del conocido poeta, narrador y dramaturgo matancero llegado a los Estados Unidos de niño, Chicho Porras (seudónimo de  Félix Rizo) es «La santa», un relato donde aflora su humor a caballo entre el relajo y el choteo (v.g. Mañach), como lo grotesco, lo erótico y lo sexual (que no sensual), quizás bebido en Virgilio Piñera, Charles Bukowski y Henry Miller, y donde  aborda con su peculiar lenguaje el insólito carácter de uno de sus personajes rocambolescos: Aurelia Potra, quien nacida en Ocala, trabaja como criada en Hialeah y, en un momento, siente el llamado del deseo, provocado por el cura, evidenciando al paso ese «desaliño sabroso» del que está tamizada su no menos suculenta prosa:

Cruzó las piernas y sin pensarlo las frotó una contra otra para refugiarse en sí misma.

De repente, un cosquilleo raro le subió desde los pies. ¿Qué era esa sensación de desaliño sabroso? Se registró primero las piernas peludas —se había rasurado solo una vez en la vida, obligada por su madre para asistir al funeral de un amigo de la familia— y todo lo que percibía eran unos pelos negros largos, encorvados en algunas esquinas, y en otras como montones de mierda pegoteada sobre la piel ceniza. 

En fin, se trata de otra de las populares boutades de Chicho o Félix, disfrutadas asimismo en sus novelas y piezas teatrales estrenadas en Miami, como en las ediciones mensuales de su concurrida Tertulia en Art Emporium Gallery, de La Pequeña Habana.

«La perra» es el relato que —tomado de su libro Los hijos que nadie quiso, galardonado con el Premio Alejo Carpentier 2001— ofrece el multipremiado narrador, activista y ex preso político cubano Ángel Santiesteban-Prats, quien aquí, de algún modo, homenajea a la novela Hombres sin mujer (primera en abordar el homosexualismo en las cárceles de la Isla) del recordado Carlos Montenegro. En este vibrante cuento, Ángel subraya la fuerza de su prosa desnuda y convincente, al mostrar los abusos cometidos en las prisiones cubanas desde el surgimiento de la mal llamada «Revolución», acentuados durante la imposición de las tristemente célebres Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), campamentos de corte fascista, generadores de suicidios y otros desgarradores males en centenares de jóvenes que solo por el «pecado» de ser homosexuales o religiosos, eran apresados en estos laboratorios (in)humanos que intentaban «depurar» a los estigmatizados por las maléficas «doctrinas» del hitleriano Fidel Castro. Por su  reconocida calidad, su narrativa le ha merecido, además, otros importantes lauros internacionales, como Mención del Concurso Juan Rulfo 1989; Premio Casa de las Américas 2006, por Dichosos los que lloran: el Franz Kafka de Novelas de Gaveta 2013, otorgado por la República Checa, por El verano en que Dios dormía; el Premio de narrativa Reinaldo Arenas 2016, por El regreso de Mambrú, conferido por el Club de Escritores Independientes de Cuba (CEIC), Neo Club Ediciones y el proyecto conjunto Vista-Puente de Letras. Además, la madrileña Editorial Hypermedia publicó su novela Última sinfonía en 2016. Asimismo, fue merecedor —junto con María Elena Cruz Varela— del Premio de Literatura Independiente de Cuba Gastón Baquero, en su edición de 2016, patrocinado por Neo Club Ediciones, el Instituto Rosa Blanca, el Club de Escritores Independientes de Cuba y Vista Larga Foundation. En todos sus libros, se disfruta su impronta hiperrealista, cuya veracidad y economía de medios define su personal estilo desde su primer volumen, lo que hace preferidos sus cuentos y novelas por los lectores hispanoamericanos.

Del reconocido poeta y narrador cubano Félix Luis Viera es «Señora Equis», donde, con humor, ironía y crítica al sUcialismo cubano, el autor de Las llamas en el cielo, En el nombre del hijo y Traicioneras arma un monólogo divertido y erótico, en el que muestra aspectos negativos de la Cuba castrista (como la doble moneda, la hipocresía y el falaz comportamiento de las nuevas clases auspiciadas por el propio gobierno) en la figura del pobre provinciano que ansiosamente desea a la nueva burguesa, con la que fabula sotto voce un ¿posible? coito con ella, cuando la descubre en una tienda de dólares o CUC y la sigue y desea, pero con cuidado, pues sabe que no puede sobrepasarse, pues ella anda de compras con el marido, aunque, al final, se percata que el supuesto coqueteo de ella con el pobre infeliz, no conduce a nada, pues él se queda boquiabierto ante la hermosa y nueva rica, a la no puede decirle nada y «el marido dice vámonos. Y los tres comienzan a andar», y la deseada mujer lo deja con el sabor de la frustración en la boca y el deseo perdido.

«El cuento de Hada», del también periodista José Hugo Fernández, es el más extravagante y, justamente por ello, el más logrado relato de humor en la colección, a cuyo autor sospecho deudor de la fabulosa y no menos creíble Tristram Shandy, la más singular y célebre obra del escritor irlandés Laurence Sterne, considerada una de las mejores novelas cómicas inglesas y, de acuerdo con el filósofo Arthur Schopenhauer, una de las cuatro mejores jamás escritas en su tiempo, con Los años de aprendizaje de Wilhem Meister, Julie ou la Nouevelle Heloïse y Don Quijote. La erótica Hada sufre desde los 16 años eso que «los ginecólogos definen como estrechez del introito vaginal, pero que las viejas deslenguadas de la familia prefieren llamar chocha tupida». De tal suerte, decide luchar contra este mal congénito —también padecido por su madre, su abuela y la madre de la madre de su abuela— estudiando Medicina, pues no quiere continuar con su frustración «que le imposibilita de por vida […] recibir sin un dolor extremo la bendición del sexo opuesto». Mas, aún no conforme, pues duda de la ciencia médica, se lanza «a probar hombres como quien entresaca tornillos, buscando uno entre un millón para una tuerca sui géneris». Nada la convence, incluso ni probar con mujeres, pues «todo cuanto hacen ellas para excitarla le parece muy cómico. Y se desternilla de la risa. Sin embargo, Hada sabe que vivir es ser excitado. Así que no se da por vencida». Y continúa buscando, hasta que oye hablar de Sathya Sai Baba, fabuloso taumaturgo hindú que, dicen, «elimina los padecimientos con apenas rozar con su túnica el cuerpo del enfermo», pero la posible solución es ir a la India, algo imposible por la lejanía. Mas, como tantos cubanos que ansían emigrar, se apunta en el proverbial Bombo. Y tres años después, resulta favorecida. Pero ella sabe que el gobierno hace lo imposible para impedir que los médicos viajen, y menos aún a los Estados Unidos. Por ello, habla con su amiga la enfermera Digna, quien le da una idea: realizar una rifa, en dólares, cuyo premio es pasar una noche con la hermosa doctora Hada de solo 27 años. Al mes, hay más de novecientos números vendidos, pero el premio lo gana una todavía atractiva mujer de 50 años, quien le dice que compró cincuenta boletos. «Mis ahorros de muy largo tiempo», pero también le confiesa que su deseo es que su hijo sea el agraciado, pues a los 28 años, como el padre, tiene un pene ínfimo. «Demasiado breve. Una minucia […]. No hay novia que le dure más de una semana. Las prostitutas le sueltan la carcajada en la cara. Ñato, suelen llamarle, y pirulí. Lleva ya tres intentos de suicidio». En fin, para no ser harto extenso, concluyo diciendo con Hada: «Nada es casual, carajo […]. Y cuando va a escupir, lo ve parado en el resquicio.» Repito: un excelente cuento que clasifica entre lo mejor de la colección.

Por último, clasifica también entre los mejores cuentos «Tan amigos», extraído del libro Hotel Pánico (2013), de la también poeta y novelista cubana Odette Alonso, quien capta al lector desde la primera línea, mérito de los mejores narradores (Daniel Defoe, Charles Dickens, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Horacio Quiroga…). Aquí Odette consigue un exacto relato en el que no sobra ni falta nada, pues su prosa prolija, casi minimalista, agarra al lector por el cuello y ya no lo deja soltar la primera de sus apenas siete convincentes páginas. La trama es muy sencilla: dos chicas Arlene y Karina aman a Waldo, «el tipo más bello de la facultad», donde los tres son inseparables, al punto de que algunos piensan que son un trío. Sin embargo, Karina —la narradora omnisciente— respeta el romance de sus amigos, hasta que una situación inesperada los pone frente a frente, ya que el infame Waldo ha engañado a Karina para acostarse con ella. En fin, no digo más, por no echar a perder el placer de la lectura de este valioso relato.

En suma, con su selección Cuentos erróticos, Ismael Sambra y Manuel Gayol pueden sentirse satisfechos por entregarnos un volumen valioso con un tema que, aunque hoy común, no por ello deja de ser atractivo, si se realiza con la perspectiva, el rigor y la laboriosidad con que ellos emprendieron y lograron este empeño.

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