‘Irene en La Habana’ o el cine político… con arte

por Waldo González López

El tema político en el cine, como en todas las manifestaciones artísticas, es complejo. Porque la mayoría de los realizadores olvidan que, si no crean con arte, lo que consiguen son panfletos. Por ello, la cinematografía internacional ha logrado no muchas, sino solo algunas valiosas cintas de tema político con arte.

Lo prueban filmes como El gran dictador, El ciudadano Kane, Z, La batalla de Argel, Estado de Sitio, Queimada, 1984, La noche de los lápices y La vida es bella, entre otros, que dieron la pauta en eficientes largometrajes con calidad, desprovistos de lo que llaman en Cuba «teque».

Justamente nuestro país es uno de los que menos puede mostrar buenos ejemplos de ello, solo acaso se salvan Memorias del subdesarrollo, del realizador Tomas Gutiérrez Alea (Titón) [que permanecería en la pantalla de la Cinemateca de New York durante varios años] y Suite Habana, del no menos singular Fernando Pérez. Sobran, sin embargo, los bodrios, como los no pocos filmados sobre la negritud [llamados sotto voce: negrometrajes]: pésimas películas que eran solicitadas por el magnus Rex al frustrado realizador y autosuficiente director del ICAIC Alfredo Guevara, cuyo difícil carácter y su actitud corderil ante su ex compañero de estudios y ¿solo admirado? Fidel, son conocidos.

Por ello, la historia del cine cubano, de 1959 a la fecha, está plagada de mediocres filmes, cuyos realizadores no lograrían escapar de la medianía que los ha rodeado, porque ha imperado «lo político» sobre lo artístico, pues en la Isla han sido muchas las malas cintas exigidas por el tirano, según su pésimo ¿gusto estético? que los creadores debían cumplir, siguiendo sus complacencias o campañas políticas que al autocreído rey de pacotilla se le ocurriera.

Entre los mejores ejemplos

Con una larga experiencia detrás de las cámaras —que comenzó en Cuba, luego en Colombia y México, hasta radicarse en Miami—, el multicreador cubano Lilo Vilaplana comenzó a rodar importantes cortometrajes de indudable calidad, como La muerte del gato, La casa vacía y, ahora, Irene en La Habana, ya que —en la que ya debería dejar de nombrarse La Capital del Sol para devenir La Capital de la Cultura Latina— en realidad, según creo, se habían filmado pocas cintas de tema político y con calidad, como la notable Azúcar amarga, de León Ichaso, que pude disfrutar en Cuba gracias a un amigo que me la pasó a hurtadillas en una memoria flash.

Filmada con su profesional equipo —que asimismo lo ha acompañado en la realización de la gustada (y necesaria) serie de docudramas Leyendas del Exilio—, Lilo presentó la première de Irene en La Habana el pasado 27 de noviembre [fecha en que se conmemora el lamentable y canallesco fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina, por lo que resultó un símbolo] en el teatro Manuel Artime, si bien solo la pude visionar el pasado jueves 6 de diciembre, en su estreno por América TV, en el espacio del valioso programa «El Espejo».

Un meritorio elenco, a cargo de los experimentados intérpretes cubanos Teresa María Rojas [también destacada profesora de actuación], Carlos Cruz [recordado, entre otros filmes, por La Bella del Alhambra, Premio Goya en España para su realizador Enrique Pineda Barnet], Ariel Teixidó [muy acertado su desempeño], Sandra Pérez [deliciosa su «vecina» cubana], Luis Felipe Bagós [oportuno su taxista], la puertorriqueña Alba Raquel Barros [breve, pero decisiva] y, en el protagónico, la periodista y presentadora española Irene Díaz [quien aquí debuta en la actuación con hidalguía].

Por estos y otros méritos, la cinta resulta relevante. Vale el ajustado guion del también periodista, escritor y aquí igualmente editor Juan Manuel Cao, gracias al que el filme brilla justamente por evitar a toda costa el panfleto y valerse de la poesía, con la justa alusión al recordado poeta decimonónico cubano Juan Clemente Zenea [fusilado en La Cabaña por soldados españoles en el siglo xix, donde el joven revolucionario interpretado por Texidó, fuera también fusilado en, en 1971, por el castrismo, acaso como otra vuelta de tuerca histórica].

El revolucionario no solo lee versos de Juan Clemente Zenea, sino que, además, el concepto poético/histórico de guion y filme le aúna, asimismo, dimensión poético/histórica a ambos, otorgada por esa materia inmarcesible, pero esencial en el arte: la poeisis [creación, para los griegos; iluminación, para Martin Heidegger] que, a un tiempo, le ofrece relevancia artística al tema político del filme, rasgo y rango necesarios y que deben ir unidos, pues no pocas veces son olvidados por los guionistas y realizadores, tal yo apuntaba al inicio de este comentario.

Con estos breves apuntes sobre Irene en La Habana, va mi valoración en torno al nuevo cortometraje, con el que Juan Manuel Cao y Lilo Vilaplana se anotan otro tanto en un quehacer que dignifica la promisoria cinematografía de Miami a fines de este 2018… ¿quizás como un preámbulo de lo que urden ambos creadores para el ya inminente 2019?

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