El justo tiempo humano del Pen Club

por Waldo González López

Cierto: otro evento del justo tiempo humano fue el que celebramos los miembros del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio el pasado sábado en la Biblioteca de Weschester, punto de reunión mensual de los integrantes de nuestra asociación, reconocida internacionalmente.

«Recordar a Bernardo Marqués Ravelo» fue, sin duda, un cálido homenaje póstumo ideado y conducido por el Miembro de Honor del Pen, ex preso político, notable poeta, escritor para niños y periodista Manuel Vázquez Portal, al que asistieron la viuda Rosa María y colegamigos del destacado Bernardo, fallecido en mayo pasado, dejando un significativo legado en ambas vertientes, como su valentía en disentir contra el castrismo.

Asistimos los poetas Félix Luis Viera y este cronista, así como el editor Juan Antonio Sánchez; los laureados cineastas Diego Rodríguez Arche y Lilo Vilaplana, y el relevante actor Orlando Casín. El también valioso intérprete de la escena y la TV, Carlos Cruz, no pudo concurrir.

A continuación, mis breves palabras leídas en el evento, con fraternal afecto y respeto, por el lamentablemente desaparecido «Benny», tal era llamado por sus más cercanos amigos.

Evocación de Bernardo

Cuando días atrás el colegamigo Manuel Vázquez Portal me llamó para invitarme a participar en este homenaje a nuestro Bernardo Marqués Ravelo, no dudé ni un segundo en aceptar, porque considero muy justa y necesaria esta muestra de afecto de sus familiares y amigos, no pocos de los cuales estamos aquí en esta tarde para evocarlo por su periodismo y sus alegrías y sus calladas tristezas causadas por el régimen totalitario instaurado en nuestra Isla hace ya casi sesenta años. A propósito del maldito castrismo, debo recordar un importante hecho que, supongo, conocemos los presentes: en el verano de 1991, Bernardo firmaría la «Declaración de los Intelectuales» o «Carta de los Diez», tras la que devendría enemigo de la dictadura, tal recordara tras su muerte Diario de Cuba.

Y retomando el tema, digo que es oportuno y justo este sencillo y hermoso acto de respeto y justicia con el colegamigo Bernardo, quien, como sabemos, fallecería a los 71 años en mayo pasado. Así, tras hablar con Manolo, comencé a evocar aquellos años, cuando éramos tan jóvenes; mas, no tan indocumentados. Por ello, ahora rememoro aquella tensa e intensa época, en los años finales del decenio del ’70, víspera del Congreso Nacional de Educación y Cultura, cuando el país sería encaminado a la fuerza por el sangriento tirano tras la vía «soviética».

Fue entonces cuando nos conocimos en Bohemia, que décadas atrás era la más popular revista latinoamericana, donde publicaban los mejores escritores de Cuba, Latinoamérica y Europa, y cuyo equipo cultural él integraría en los 70s.

No recuerdo quién me invitó a colaborar con el equipo, pero sí evoco ahora, también con especial afecto, a una entonces muchacha sui géneris por la constante pasión que ponía en todo lo que escribía: Azucena Isabel Plasencia, con la que enseguida yo haría tan honda amistad, que aún continúa, a pesar de la distancia y su dolor por el totalitarismo, que no cesa de perseguir a su indomable hija, la destacada artivista, opositora y música Lía Villares Plasencia.

Bernardo y yo compartíamos autores y lecturas comunes. Justamente, él era fan incondicional de García Márquez y, en cierta ocasión, lo entrevistó. Y de ese encuentro recuerdo una simpática anécdota que él hacía, cuando, tras presentarse, el célebre novelista de Cien años de soledad, al conocer su nombre, le dijo que verlo a él era como ver nardos.

Apasionado, vehemente e infinitamente cubano, discutía con arrebato cuando defendía sus autores preferidos, pero también escuchaba las opiniones solicitadas sobre su poesía, tal me aconteciera a mí, cuando en Bohemia me entregó un poemario inédito, que leí con atención en casa y, al día siguiente, con la mayor honestidad, le sugerí que no estuviera tan apegado a lecturas de colegas, quienes —por jóvenes periodistas y poetas como él y yo— no eran [éramos] tan decisivos como los de más edad, que ya tenían obras de mayor calidad, y le sugerí algunos nombres, sobre todo, por supuesto, Jorge Luis Borges. No sé si atendería mis puntos de vista, pero, al menos, yo cumplí con honestidad, tal suelo proceder desde entonces, como aún sigo haciendo cuando un colega me da a leer sus textos y luego le doy mi opinión sobre los mismos.

Por ese tiempo, además, fuimos vecinos en La Habana Vieja, donde vivíamos muy cerca, a solo dos cuadras: él en la antes descollante y ya en decadencia calle Monte, esquina a Amistad [¿acaso un símbolo de nuestra filia?], y yo, a solo pocas cuadras, en la calle Revillagigedo, entre Corrales y Apodaca. Era tanta la cercanía que, a menudo nos encontrábamos en el barrio, y nos saludábamos o compartíamos un par de tragos en un bar de mala muerte que quedaba, si mal no recuerdo, en los bajos de su edificio, que no sé si aún está en pie, pues yo ni he regresado ni pienso regresar a Cuba.

La connotación de colegamigos —tal prefiero denominar a quienes, como yo, ejercen la complementaria tríada: literatura, periodismo cultural y amistad— marcaría nuestra relación, tal la de algunos presentes en esta sala, a quienes, desde aquí, saludo.

Vázquez Portal o mejor, Manolo, al invitarme a este fecundo homenaje, me propuso echar sobre mis cansados hombros de más de siete décadas la conducción de esta mesa, honor que no merezco, ya que si bien laboramos juntos en Bohemia, no compartí con Bernardo la cruel experiencia en las mazmorras castristas, como tú, Manolo, le dije, por lo que debes ser tú, compadre, quien sí sufriste los trabajos y los días [verbigracia, Hesíodo] en la no dura, sino durísima prisión con Bernardo y muchos otros. Por eso, concluí la brevísima charla de esta suerte: «Entonces, ¿quién mejor que tú?»

Y me preguntó Manolo qué faceta de Bernardo quería abordar. Sin abundar demasiado, le dije que pensaba y pienso —aunque leí su valiosa novela Balada del barrio, pero solo el primero de sus tres poemarios: Donde habito [ya que no leí Sin margen y sin fecha y He aquí el cuerpo— que su mayor aporte fue en el periodismo que realizara en Bohemia y El Caimán Barbudo, ese que ha quedado entre el mejor diarismo escrito en la Isla, que se republicará cuando por fin caiga el maldito castrismo.

Ciertamente, en ambas publicaciones dejaría reportajes, entrevistas y crónicas de genuina valía. Recuerdo —entre otros singulares ejemplos de su valiosa labor— su ya mencionada entrevista con García Márquez y una crónica en cuyo título jugaba con «el oro de Moscú».

Y basta, pues para hablar del indómito, inconmensurable e infatigable lector, como valioso escritor y muy destacado periodista, tal eterno jodedor Bernardo Marqués Ravelo, se necesitarían horas, días y meses, pero debo concluir, dándole las gracias a Manolo por invitarme a este justo homenaje al recordado frate y a todos los presentes por escuchar esta breve y sincera Evocación de aquel distintivo colegamigo que no olvidaré justamente por sus virtudes y alegrías, su pasión y audacia, su auténtico periodismo, como sus recordadas narrativa y poesía.

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