Lilliam Moro, entre el silencio y la furia

por Joaquín Gálvez

La poeta cubana Lilliam Moro ha realizado una obra poética en el exilio que se desmarca de tendencias o modas estéticas, incluidas las gremiales y generacionales, tales como las que se manifestaron en su país natal, Cuba, durante las décadas del 60 y 70. La poesía de Lilliam Moro representa ese eterno retorno a los orígenes, en los que la palabra vuelve a su matriz, para recobrar su sentido y significado; pero también para refrendarnos que los eternos problemas del hombre no pierden vigencia y que la voz del poeta los renueva y les otorga nuevamente un carácter novedoso. En su poemario El silencio y la furia (Editorial Ultramar, 2018), Moro reafirma su personalidad poética: la palabra vuelve a estar emparentada con el pensamiento, hasta ser realzada por su talante filosófico, para así indagar en los intersticios del acontecer humano.

Este libro se inicia con un poema coral que invoca a los ángeles y que tiene como punto de partida referencial Las elegías de Duino, de Rilke, acaso para recordarnos que, en la orfandad humana, incluso en las de las buenas intenciones, “Todo ángel es terrible”, como lo consignan los versos del primer poema: “tengo silencios atravesados en mi garganta / y cuando los grito / se los lleva el viento feroz de la borrasca”. Estos versos resuelven la aparente antinomia que desde su título anuncia este libro, pues demuestran la correlación silencio-furia en este clamor humano a los ángeles por donde transitan la furia silenciada y el silencio enfurecido, o al decir de la poeta: “ese ruido del alma: es el rugir de la existencia”.

Joaquín Gálvez presenta el libro de Lilliam Moro en la librería Books & Books de Pinecrest. Foto tomada por el pintor Sergio Chávez

La poeta pone al lector de cara al lado oculto de la existencia, muchas veces edulcorado por “los vendedores de sueños”. A diferencia de Machado, que esperaba “hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera”, Moro abre el telón de ese teatro que es la vida para hablarnos de “la perversa esperanza” mientras atisba “otra verdad escondida entrelineas”: “La posteridad ha pasado de moda: / aquí ahora, hoy, es el futuro / Todo cielo es inútil”. La poeta retoma el tiempo circular de los presocráticos, es decir, ese eterno retorno donde se manifiestan los avatares de la existencia y la naturaleza humana. En versos que pueden entroncar axiomáticamente con el Eliot de Cuatro cuartetos nos dice: “… no hay rectificación sino olvido, / no hay descanso sino el mismo camino”.

Uno de los poemas que mejor representa la poética de Lilliam Moro en este libro es el titulado “Instantánea”. La poeta tiene esa capacidad perceptiva que le permite captar la imagen poética a partir de la inmediatez de su vivencia, para luego pasarla con acusada agudeza por el tamiz de la reflexión. Este es el libro de las eternas pérdidas del hombre, como la inocencia y las ilusiones; sin embargo, la manifiesta caída humana plasmada en estos versos no impide que aflore un humanismo esencial en el que se exalta lo marginal o humanamente imperfecto, incluso mostrando una inusitada humildad que supera el ego poético, como lo revelan estos versos: “En el momento de escribir estas palabras está muriendo un ser desconocido sin tumba personal ni lapida ni flores. No es que fuera un ser importante, simplemente era alguien, ni más ni menos que un pequeño universo” …Como este poema que me ha quedado medianamente bien”.

La voz de Lilliam Moro, pese a que lleva la impronta de la tragedia humana, nunca pierde la ecuanimidad, ni permite que la emoción gobierne su escritura poética; no obstante, estos poemas tienen también la virtud de conmovernos, pues como diría Unamuno “saben sentir el pensamiento y pensar el sentimiento”. El decir poético de El silencio y la furia está signado por una sabiduría estoica en la que el dolor se transmuta en palabra que logra dar en la diana de los hechos; lo ejemplifican poemas que abordan temas sensibles como el paso del tiempo en el individuo, las relaciones humanas y el amor.

Como ya lo había demostrado en su poemario anterior, Contracorriente, obra que le valió el Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador” (Salamanca, 2017), esta nueva entrega de Lilliam Moro vuelve a reafirmar su credo poético, el cual honra el significado y sentido de la palabra y que, además, se caracteriza por la limpieza y precisión del lenguaje. Moro pertenece a ese linaje de poetas que logra custodiar el tiempo que le toca a la vez que lo trasciende con la atemporalidad de su obra al margen de toda épica y estética de turno.

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