La mentira del verdadero Rafael Alcides

por Waldo González López

Nacido en el poblado bayamés de Barrancas en 1933, Rafael Alcides falleció ayer en La Habana. Su poesía incluye títulos como Himnos de la montaña (1961), Gitana (1962), La pata de palo (1967), Agradecido como un perro (1983), Y se mueren y vuelven y se mueren (1986), Noche en el recuerdo (1989), Nadie (1993, reedición en Bokeh, Leiden, 2016), Conversaciones con Dios (Sevilla, 2014) y la antología GMT (Renacimiento, Sevilla, 2009). Como narrador, publicó la novela El anillo de Ciro Capote (Renacimiento, Sevilla, 2011), el libro de crónicas Memorias del porvenir (Premio “Café Bretón & Bodegas Olarra”, AMG Editor, Logroño, 2011) y el libro de relatos Un cuento de hadas que termina mal (Logroño, 2011). Es uno de los mejores poetas cubanos vivos y rechazó el castrismo dominante en su patria desde seis décadas atrás. Su obra alcanzaría el más alto galardón a que aspira un gran poeta: la trascendencia otorgada por el reconocimiento de cientos de lectores de su país.

«La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida», diría con su estilo proverbial y quevediano el inmenso cubano, hombre y poeta, José Martí. Y evoco esa máxima-verso al leer, entre otros espacios en el blog 14 y Medio, la mala, pésima noticia de la muerte ayer en Cuba del poetamigo Rafael Alcides.

Alcides no fue: es y será (trascendencia tripartita, válida en su caso) un inmenso cubano, un gran hombre y un icónico poeta, afirmación que en su (y mi) patria, destruida por la plaga castrista, hoy merecerían escasos cubanos, hombres y poetas.

A Alcides yo lo leía y admiraba desde joven, si bien solo pude conocerlo en la capital de los ‘70s, durante mis estudios universitarios, cuando también conocí a otros integrantes de la Generación del ’50, caracterizada por su estilo conversacional (en Alcides tal impronta asumiría mucho mejores derroteros como hombre de su tiempo, para decirlo con Martí, una vez más, pues incursionaría en las luchas ciudadanas).

Pero, además de continuar leyendo sus hermosos poemas cuando todos le huían como un apestado por su osada postura anticastrista y renuncia a su membresía de la Uneac, fui a visitarlo con otro buen poetamigo —cuyo nombre oculto, por no afectarlo, pues él vive en Cuba y ya se saben los lectores qué puede pasarle si lo saben vinculado conmigo— y charlamos largo rato sobre su situación, con él y su infaltable Regina Coyula, a la que yo conocía desde antes.

En otra ocasión, él tuvo la gentileza de visitarnos a Mayra y a mí en nuestro apartamento, donde también hablamos sobre la malhadada vida de nuestra oprimida patria. Más tarde, el invariable y siempre amable poetamigo (cuyo nombre omito), me dio a elegir un poeta de la Generación del ’50 como tema para un ensayo. Por supuesto, escogí a Alcides y su inesperada y hermosa poesía amatoria, sobre la que escribí el amplio texto evaluativo: «Rafael Alcides y los sonidos del mundo», incluido en el número monográfico especial dedicado a esa Generación, publicado en la revista especializada española Zurgay, en diciembre de 1998.

Años después —de acuerdo con Radio Martí—, renunciaría a ser miembro de la UNEAC y su Medalla Conmemorativa por el Aniversario 50 de esa institución, cuando afirmara: «Soy un escritor prohibido […], ¿qué sentido tiene mi membresía en la Unión de Escritores, para qué yo quiero pertenecer a una organización donde no me puedo defender ni mucho menos…?». Claro que tal actitud, tendría una rápida y agresiva respuesta de la policía política, que se encargó de obstaculizar cada actividad con su nombre, como cuando fuerzas de la Seguridad de Estado impidieron la exhibición del documental Nadie, del realizador Miguel Coyula, cuyo protagonista es el poeta.

La excelente producción literaria alcideana abarca, asimismo, poesía, narrativa (cuentos y novela), crónica y periodismo, si bien sería el verso la óptima zona de su válido quehacer literario que, desde décadas atrás, honra las letras cubanas de las dos orillas. Como narrador, publicaría las novelas Un caballo, dos hombres y una mujer (1986) y El anillo de Ciro Capote, los relatos de Un cuento de hadas que termina mal y el libro de crónicas Memorias del porvenir (todos en 2011).

Aunque no solía presentarse en eventos, en su juventud recibiría Mención 1965 del Premio Casa de las Américas por su novela Contracastro, que nunca le dejarían publicar. Aunque rechazara el cuestionado Premio Nacional de Literatura en Cuba, solo entregado por lo general a escritores oficialistas; en cambio, sí aceptaría de muy buena gana en 2015 el Premio de Literatura Independiente “Gastón Baquero” convocado por Puente a la Vista, Neo Club Ediciones, el Club de Escritores Independientes de Cuba y el Instituto La Rosa Blanca, otorgado en Miami a escritores independientes. Entre 2014 y 2015, colaboraría con la agencia Cubanet, de Miami.

Me imagino que el oficialismo ahora insistirá con Regina en la edición de sus poemarios en la Isla, a la que incansablemente defendió contra los desmanes del comunismo tropical de los Castro que, en contubernio con el pésimo (des)gobierno obamista, le impidió viajar a Estados Unidos cumplimentando una invitación de organizaciones culturales, entre otras cosas para recibir el Premio Nacional de Literatura Independiente “Gastón Baquero” (galardón que tanto le satisfizo por su contenido político), en la que habría sido su última salida del país.

Para concluir, añado fragmentos de mi mencionado ensayo sobre su poética amatoria, incluido en un volumen de crítica de libros de poesía que publicará Ediciones Baquiana en 2019:

Narrador y poeta (o viceversa, pues ambos «oficios» se bifurcan en los senderos de su jardín literario, parafraseando a Borges), en Rafael Alcides se da una simbiosis rara —para emplear un término grato a Darío—, no común entre sus contemporáneos.

[…] Aspecto singular del coloquialismo expresivo de este poeta esencial, tal lo denominan con razón Virgilio López Lemus y Manuel Díaz Martínez —sus más agudos analistas— es que sus mejores textos son muchas veces poemas en prosa/narraciones líricas, que (a la manera del Eduardo Galeano de El libro de los abrazos y de Augusto Monterroso en buena parte de su obra) se nos antojan brevísimos poemas/relatos para ser incluidos en libros de poesía y de narraciones.

Otros atisbos se revelan en su poética —traspasada por recursos de la narrativa—, que entraña una de las plenas y ricas expresiones del coloquialismo y del que, a pesar de su fuerte otredad de narrador, o quizás por ello mismo, es uno de los más consistentes poetas con genuinas improntas de su generación.

La muerte —presente a lo largo de su obra— resulta menos metafísica en el poeta que en sus colegas generacionales y abarca una amplia parábola, siempre guiada por un realismo lírico de honda fibra aunque toque temas bíblicos y de otra estirpe, intertextualizándolos con otros afines o no.

La tan traída y llevada «efusión sentimental» le viene de un bien y muy racional neorromanticismo, tan logradamente asimilado. De ahí su apego por la poesía de José Angel Buesa y Carilda Oliver Labra.

A no dudarlo, desde los épicos Himnos de montaña (1961) y Gitana (1962) pasando por libros de madurez, como La pata de palo y, sobre todo, Agradecido como un perro (selección poética de 1983, Premio de la Crítica ese año), así como Y se mueren, y vuelven, y se mueren (1988), Noche en el recuerdo (1989), hasta llegar al cenital Nadie (1993), su poética toda nos mueve y conmueve, del corazón a la razón, la notable asunción del amor en su mayor acepción que, en no pocos instantes, deviene erotismo de fina raigambre, no obstante su a ratos descarnado tono, a resultas del ardiente clamor sanguíneo/cerebral/sexual del sentimiento más antiguo de los humanos en su vocación terrenal.

Buen ejemplo de lo que digo es este poema de 1962, justamente titulado «El amor»: “El amor es un pájaro / tejiendo en la mañana; / pero el amor eres tú / debajo de mis noches. / El amor es tu lengua, / desvergonzada culpable / del insomnio. / Y de las estrellas.”

Otro siempre citable por antológico, al margen de ser uno de los extensos e intensos poemas amatorios publicados en la Isla, es «Crónica de amor», cuya calidad se corrobora de inmediato. Comprobémoslo con la lectura de un fragmento de la segunda parte: “Esta no es una carta para abrir / en un día de primavera, es una carta para abrir cualquier día de la vida. / Aquí no se dice nada absolutamente original. / Aquí se dice sencillamente que un hombre amó a una mujer / y que esa mujer le amó a él, que todavía hoy se puede ver el rastro de ternura / que ambos dejaron en las calles de aquel tiempo.”

Por el desenfado y cierto desaliño (aparente y a propósito) de sus versos, este otro excelente texto define muy bien la poética de Rafael Alcides Pérez, quien combina a lo ya enunciado otros rasgos esenciales de su quehacer, como son, a saber: la ironía y la autoironía, la posición crítica, (6) el humor y la contención que distancian el exceso emocional en su más alto instante para alejar momentáneamente el clímax de la carga de romanticidad del objeto poético, con el fin de entrar en otra dimensión más coloquial y tocar aspectos ¿pedestres o simples, vulgares o elementales? de la vida cotidiana, que como tales son tenidos (y temidos) por «imposibles» entre otros poetas que los consideran «no líricos», característica apuntada por López Lemus en términos de que en Alcides hay «una búsqueda de temas de la mayor inmediatez para explorar sus posibilidades poéticas, que llega a veces a lo insólito», desde incluso sus títulos, tal se advierte, por apenas poner una muestra, en este fragmento de la tercera y última estrofa de «Que trata del canibalismo», incluido como los anteriores en Agradecido…: «Porque / dime, amor, / mujer que hoy reinas en los sueños del poeta / con ese vestido criminal mucho más dañino que toda la música de Beethoven, / dime, corazón, / bestia lila, / yegua del crepúsculo, / pedacito de pan / con mantequilla del cielo…”

Tal se atisba en su libro posterior de mayor significación: Nadie, pues en éste, quizá como en ningún otro título suyo desde Agradecido…, el salto cualitativo es de enorme connotación, toda vez que, si bien incluye de nuevo poemas queridos por el poeta, los lectores y, por supuesto, la crítica, y por ello recurrentes, inserta otros ¿posmodernos? que, por su intertextualidad y extratextualidad, constituyen singulares textos de su producción y de la publicada, durante este decenio, en el panorama más actual de la poesía cubana.

El mejor ejemplo es Sobre los Manuscritos de Amberes, donde el poeta crea/recrea una historia cruzada con Joseph K, alter ego kafkiano y de su propia vida en su natal y bayamés Barrancas, poblado mínimo, caserío de tanta significación, como su infancia y familia, en su poética.

En Nadie se corrobora, una vez más, la alcanzada madurez desde hace años y a toda prueba del tiempo devastador —«contra el polvo, los fantasmas y el olvido»— (9) de Rafael Alcides Pérez en su poética de esencia y trascendencia.

Por todo lo apuntado, el gran cubano, hombre y poeta no murió ayer ni nada por el estilo, sino, al contrario: con la sonrisa que nunca abandonará su rostro mintió para seguir burlándose de, y luchando contra, el ya exangüe castrismo. Tal es la mentira del verdadero Rafael Alcides, un verdadero poeta cubano de hoy, de mañana y de siempre.

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